En los desiertos su fidelidad nos sacia.

¡Dios, Dios mío eres tú! ¡De madrugada te buscaré! Mi alma tiene sed de ti, mi carne te anhela en tierra seca y árida donde no hay aguas, para ver tu poder y tu gloria,
así como te he mirado en el santuario. Porque mejor es tu misericordia que la vida,
mis labios te alabarán. Así te bendeciré en mi vida; en tu nombre alzaré mis manos.

A nadie le gustan los desiertos. Los desiertos nos intimidan, nos hacen pensar que no podremos resistir.

Quizás te encuentras en un desierto. Sediento de esperanzas y hambriento de amor. En tu desierto la soledad es tu compañera y la fatiga tu amiga. Son duros los desiertos pero necesarios, porque en ellos asimilamos la fidelidad De Dios.

Digo que asimilamos porque la fidelidad de Dios la hemos visto y experimentado, pero aún así, la tomamos por sentado. En la presión de los desiertos es que logramos asimilar la fidelidad Divina.

David escribió el pasaje citado arriba. Lo escribió en el desierto de Judá mientras se escondía de Saúl. En el desierto exclamó que Dios era su Dios y que lo buscaría de madrugada.

¿En el desierto llamas a Dios tu Dios? ¿Lo buscas antes que salga el candente sol de la prueba o cuando te encuentras en pruebas?

A Dios literal y metafóricamente hay que buscarlo temprano. Es como único podremos afirmar que la misericordia es mejor que la vida.

Recordemos que la fidelidad de Dios nos llega a través de la misericordia. Es por su misericordia que Él nos muestra su gran fidelidad.

En los desiertos su fidelidad es suficiente para que continuemos no empece lo abrasador que sea el calor. Continúa, no estás desamparado. Su fidelidad te sacia.

Saciado por su fidelidad;

Israel

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